
El póker era un mundo desconocido para mí hasta hace apenas una semana. Sabía que se trataba de un juego de cartas cada vez más presente en televisión y el ciberespacio. Nunca me había llamado la atención salvo en su faceta cinematográfica. Quién no recuerda a Paul Newman en ‘El golpe’, o a Mel Gibson y Jodie Foster, mano a mano en ‘Maverick’, o al rudo Steve McQueen tratando de arrebatar la corona a Edward G. Robinson en ‘El rey del juego’. Uno siempre ha sido más del tute, la escoba, el mus o la pocha, pero aun así acepté la invitación de los amigos de The Chivas Studio (San Blas 4, Madrid) para medirme con Gus Hansen, cuatro veces campeón mundial.
Seis jugadores, una baraja y fichas de dos colores. La modalidad a la que me enfrentó es el Texas Hold’em (dos cartas por jugador y cinco descubiertas). Es la primera vez que me siento en una mesa de póker. Entonces me viene a la mente una frase de ‘The Rounders’, película fetiche de los fanáticos de este juego. “Si no puedes detectar al más malo de la mesa, no busques más: eres tú”. Pronto descubro que tal honor no recae en mí. Uno de mis compis pregunta por el valor de cada jugada. Una lección que yo me traía aprendida.
Neófito no es sinónimo de perdedor. “Éste es un juego más democrático que el ajedrez, porque cualquiera con un poco de talento y suerte puede ganar una mano”, comenta Hansen. Toda una premonición de lo que pasaría más tarde y una de las causas de la popularización de este deporte.
Se pone en marcha la partida. Las fichas se acumulan a mi vera. Dos colores, dos valores distintos. Si esto fuera en serio tendría entre mis manos más de 3.000 euros. Hansen nos aconseja: “Si eres nuevo en esto debes apostar cuando tengas una buena racha, no arriesgar con una mala y tirarte algún farol. Además, no está mal ser un poco psicólogo y manejarse con los cálculos probabilísticos”.
El Gran Danés domina esta faceta a la perfección, no en vano es un apasionado de las matemáticas desde pequeño: “Una vez tengo las cartas, calculo con los naipes que quedan por repartir que probabilidades tengo de juntar un full, color o una escalera”. Su agudeza visual también entra en juego: “No os conozco, pero ya sé mucho de vosotros. De todos, soy el único que juega mucho al póker, porque una vez recibidas las fichas las barajo con los dedos, es una deformación profesional”.
Con Kournikova en mis manos
El crupier reparte los naipes. Esto va en serio. Los levanto ligeramente por una esquina. Compruebo que me han llegado un rey y un as. Anna Kournikova se asoma a mi mente. Esta jugada estaba precisamente entre lo poco que leí antes de acudir a esta cita. De entrada son las cartas de mayor valor del mazo, pero si no las emparejas puedes sucumbir ante cualquier combinación. Son muchos los que perdieron todo con ‘AK’ en su mano. De ahí que se acuñara la comparación con la tenista rusa, cuyo impresionante físico era inversamente proporcional a sus resultados sobre la pista.
Las fichas suenan sobre la mesa. Uno tras otro las dejamos caer con la confianza de que no arriesgamos nuestro dinero. Aparecen las tres primeras cartas. Dos seises y un nueve. Segunda ronda. Las apuestas suben y suben hasta superar los 3.000 euros. Hansen hace gala de su prodigiosa mente. “Las matemáticas me dicen que no tengo opción de ganaros. Es todo vuestro, chicos”. La siguiente carta descubierta es un rey. Tengo dobles parejas. Es el momento de ir a por todas. “Cuando creas que puedas ganar, lánzate. Eso impresiona. Uno tiene que ser agresivo, pero sin obviar las jugadas que pueden alcanzar tus adversario”.
Envido fuerte. Subo cuatro veces la apuesta. Otros dos colegas de partida arrojan sus cartas. Uno contra uno y un único naipe por descubrir. Un 10 nada cambia. Cerca de 5.000 euros, desparramados sobre la mesa, esperan dueño. Se descubren las cartas y mi jugada es la vencedora. ¡Que lástima que no fuera real! Será la suerte del principiante. Hansen se levanta y me hace una reverencia. “Te lo dije, cualquiera puede ganar una mano, lo importante es analizar si podrías haberte llevado más pasta”. Quienes presencian la partida se acercan a felicitarme. “No se vence a un fenómeno todos los días”, me dicen.
Mi contacto con el póker no ha podido ser más satisfactorio, pero Hansen me avisa: “Al talento sólo se le saca partido si se trabaja duro en la mesa”. De momento no es mi intención. Prefiero dejarlo con el buen sabor de boca de haber ganado a un campeón del mundo.